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Isha Upanishad: meditar en un mundo que ya es sagrado.

  • Foto del escritor: Gabriel Martinez Mayobre
    Gabriel Martinez Mayobre
  • hace 11 minutos
  • 3 Min. de lectura

Este viernes, la meditación de la noche estará inspirada en uno de los textos más breves y a la vez más profundos de la tradición india: la Isha Upanishad. Apenas tiene dieciocho versos, pero en ellos se despliega una visión completa de la vida espiritual. No es una enseñanza para retirarse de la vida como un ermitaño, sino para descubrir qué es la vida cuando dejamos de mirarla solo desde nuestras ideas, miedos y deseos.

El texto se abre con una afirmación tan simple como radical: todo lo que se mueve en este mundo cambiante está habitado por lo mismo.

No habla de un cielo distante ni de una experiencia solo para unos pocos. Habla de esto que está ocurriendo ahora: el cuerpo respirando, los sonidos en el vecindario, los pensamientos que aparecen y desaparecen, los encuentros, las pérdidas, la belleza cotidiana y también la confusión. Todo ello surge en una presencia viva que normalmente damos por hecho, pero que casi nunca reconocemos de forma directa.

Desde esta mirada, la práctica no consiste en fabricar una experiencia ni en alcanzar un estado superior. Consiste en afinar la percepción, en hacer un pequeño gesto interior de disponibilidad. Dejar de mirar solo los objetos de la experiencia (lo que sentimos, lo que pensamos, lo que ocurre fuera) para intuir también el espacio en el que todo eso aparece. En la meditación, esto se vuelve muy concreto: los sonidos están, las sensaciones están, la respiración está. Y poco a poco se hace evidente que todo sucede en una apertura silenciosa que no necesita esfuerzo para sostener lo que surge.


La Isha Upanishad introduce entonces una enseñanza que puede parecer contradictoria: disfrutar a través de la renuncia. No se trata de rechazar el mundo ni de imponer una austeridad forzada. La renuncia de la que habla el texto es mucho más sutil: es dejar de atrapar constantemente la experiencia. Es permitir que las cosas sean vividas sin convertirlas inmediatamente en “mías”. Gran parte de nuestra tensión nace de ese gesto casi automático de posesión: mi emoción, mi problema, mi historia, mi éxito, mi fracaso. Cada vivencia queda atrapada en una red que refuerza la sensación de un “yo” separado que tiene que defenderse y afirmarse.

Cuando, aunque sea por un instante, dejamos de exprimir la experiencia, aparece otra forma de mirada para con la vida. Se puede sentir tristeza sin decirse a uno mismo: “esto no debería estar pasando”. Se puede sentir alegría sin el impulso de atraparla. Se puede escuchar un sonido, notar una sensación o ver un pensamiento surgir, sin necesidad de convertirlo en el centro del guión de la película de nuestra vida.


En la meditación exploramos justamente ese dejar que la experiencia se despliegue por sí misma. La respiración ocurre, las sensaciones cambian, los pensamientos pasan. No hace falta empujar ni frenar. En ese no interferir, algo se aquieta sin que tengamos que forzarlo.


Lejos de proponer una vida pasiva, la Isha Upanishad también habla de la acción. El ser humano está hecho para vivir, para participar, para actuar. Pero la cuestión esencial es desde dónde surge esa acción. Hay una forma de actuar que nace de la necesidad, del intento de mantener en pié al personaje, de asegurarnos una identidad, un reconocimiento. Esa acción suele ir acompañada de tensión y miedo, porque siempre está en juego la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Y hay otra forma de actuar que nace de un fondo más silencioso, de una sensación de suficiencia que no depende tanto del resultado. Desde ahí, la acción se vuelve una respuesta natural a lo que la situación pide, no una estrategia para sostener un personaje. Exteriormente, ambas acciones pueden parecer iguales. Interiormente, son completamente distintas. La meditación nos permite intuir ese fondo de quietud que no se ve afectado por el éxito o el fracaso, por el movimiento o la pausa. Reconocerlo, aunque sea de manera muy sutil, cambia nuestra manera de estar en el mundo.


La Isha Upanishad no nos pide creer en una doctrina ni adherirnos a una filosofía. Nos invita a mirar, a hacer una pausa en nuestros hábitos de interpretación y a permitir que la realidad se muestre con menos filtros.

En ese mirar más desnudo, puede revelarse algo muy íntimo y a la vez muy impersonal: que no estamos en el mundo como extraños, que la vida no nos es ajena, que lo que buscamos con tanto esfuerzo quizá sea precisamente aquello desde donde ya estamos percibiendo.


La meditación de este viernes será una invitación a descansar en esa presencia que ya está aquí, a permitir que la experiencia se despliegue sin tanta apropiación, y a abrirnos a la intuición de que, incluso en medio del cambio, hay algo que no se mueve. No como una idea que entender, sino como una vivencia silenciosa que cada uno puede reconocer por sí mismo.

 
 
 

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