Meditación inspirada en los YogaSutras de Patañjali.
- Gabriel Martinez Mayobre
- hace 5 días
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Para la meditación inspirada en un maestro de este mes tomamos los Yoga Sutras de Patañjali para que vierta luz a la hora de sentarnos y aquietarnos. Suele darse por hecho que la visión de los Yoga Sutras de Patañjali es prácticamente opuesta a la del Shivaismo de Cachemira que tanto nos atraviesa en nuestra práctica. Por un lado, se asocia a Patañjali con la disciplina, el método y, en muchas lecturas, con el control de la mente y esa es la causa por la que tan bien encaja con el yogui contemporáneo occidental; en la otra cara de la moneda, el Shivaismo se presenta como un camino directo, sin esfuerzo ni progresión. Uno parecería pertenecer al campo del hacer, y el otro al del dejar de hacer. Parecen darse la espalda. Pues esta oposición, tan alentada por la hinchada de uno y otro equipo, empieza a perder consistencia cuando se observa con un poco más de atención.
Estoy seguro de que el problema no está en los textos, sino en la forma en la que los leemos. Desde una mirada absolutamente condicionada por la idea de "hacer para obtener", interpretamos la práctica como un camino de mejora: algo que hay que perfeccionar y dominar (la zanahoria delante del burro). Así, la meditación se convierte en un ejercicio de control como quien enjaula al mirlo. Pero dentro de los propios Yoga Sutras aparece una grieta en esa interpretación.
Cuando Patañjali introduce la idea de prayatna-śaithilya (II.47), el aflojamiento del esfuerzo, no está indicando un refinamiento del control, sino más bien lo contrario porque en el fondo señala que el exceso de intervención es precisamente lo que sostiene la sensación de separación.
En lo que está ocurriendo de manera inmediata, antes de que reparemos en ello y tratemos de corregirlo, ese esfuerzo no suele ser evidente y no se manifiesta solo como tensión física, sino como algo mucho más sutil: la intención de hacerlo bien, la voluntad de sostener una postura correcta, la necesidad de avanzar en la práctica. Esa "noble" forma de hacer la vida construye silenciosamente la figura del practicante, alguien que está haciendo algo para llegar a algún lugar mejor. Y mientras esa idea de que hay alguien que practica se mantiene, la meditación gira en torno a ella. Aflojar el esfuerzo, en este contexto, no significa relajarse en un sentido superficial ni abandonar la práctica, sino dejar de sostener esa construcción, dejar de alimentar al monstruo. Es un gesto mínimo, casi imperceptible, en el que la postura, la respiración y la atención dejan de estar dirigidas desde un cuartel general que pretende controlarlas.
Es precisamente ahí donde la aparente distancia con el Shivaismo comienza a disolverse. Porque cuando el esfuerzo se cae, lo que queda no es una experiencia especial ni un estado extraordinario, sino algo mucho más simple y lleno de belleza... la claridad.
El observador ya no está ocupado en sostener una posición, en corregir o en alcanzar algo. Y en esa ausencia de actividad, la experiencia se presenta sin un centro claro que la organice. Esto está muy cerca de lo que el Shivaismo describe como reconocimiento: no la producción de algo nuevo, sino el desvelamiento de lo que siempre ha estado ahí.
Desde ese punto de vista, no hay tanta distancia entre uno y otro método como puede suponerse. Patañjali no estaría describiendo tanto un camino hacia una meta, sino una forma de ver el mecanismo que la crea. El Shivaismo, por otra parte, no desconoce la práctica sino que va directamente a lo que hay cuando la práctica deja de ser impulsada por la idea de un hacedor. En ambos, lo importante no es lo que se adquiere sino lo que se deja de sostener. Quizás la meditación, vista desde allí, no consista tanto en llegar a un determinado estado como en darse cuenta del trabajo constante agotador que suena siempre de fondo en nuestra experiencia. Y quizá ese reconocimiento, si no se transforma en otra ocupación más, ya contiene en sí algún modo de apertura. No como resultado de una disciplina, sino una reacción natural al hecho de que por un momento hemos dejado de sujetar las riendas.




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