La eterna cuestión de la flexibilidad, la alimentación y el Yoga.
- Gabriel Martinez Mayobre
- hace 3 días
- 2 Min. de lectura

La semana pasada, en nuestro encuentro de preguntas y respuestas sobre teoría y práctica, apareció de nuevo una pregunta muy habitual: la alimentación influye en la flexibilidad?
Es una pregunta comprensible y no estamos desencaminados cuando asociamos elasticidad y alimentación. Y es que casi todos llegamos en su día al yoga buscando algo del cuerpo. Más elasticidad, más fuerza, menos rigidez... Y al principio parece que la práctica gira alrededor de eso. Como si el progreso pudiera medirse en centímetros.
Pero poco a poco uno descubre que aquello que parecía tan importante empieza a perder relevancia.
El yoga no tiene que ver con la flexibilidad porque la flexibilidad tal y como la entendemos pertenece al cuerpo, y el cuerpo cambia constantemente. Hay días más abiertos, más ligeros, más disponibles… y otros donde todo parece denso y cerrado. Si nuestra relación con la práctica depende de eso, inevitablemente vivimos en conflicto.
La verdadera rigidez no está en los músculos. Está en la manera en que nos relacionamos con la experiencia, en la mirada.
Por supuesto, podríamos hablar de alimentación de una manera literal. Hablar de alimentos que inflaman, de digestiones pesadas, de excesos. El sentido común es universal y va más allá de épocas, culturas y regiones y, por supuesto, no es de uso exclusivo del Yoga. El sentido común basta . Comer de forma simple. Escuchar el cuerpo. No violentarlo continuamente.
Pero la cuestión más profunda no es “qué comemos”, sino desde dónde comemos.
Porque la dieta perfecta, en cierto modo, es el ayuno.
No necesariamente el ayuno de alimento sino el ayuno de estímulos.
Comemos mirando pantallas, escuchando ruido, pensando en otra cosa, acelerados, distraídos... El cuerpo recibe alimento, pero el sistema nervioso sigue en guerra, en el ruido
Tal vez alimentarse también podría ser simplemente sentarse y comer.
Sin necesidad de llenarse además de noticias, conversaciones, música, imágenes o ansiedad. Comer dentro de una presencia.
Entonces algo cambia.
No porque el alimento tenga poderes mágicos, sino porque por un instante dejamos de añadir tensión.
Y el yoga empieza justamente ahí. No en conseguir más. Sino en dejar de reavivar continuamente el ruido.




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